El Día que Venus Tocó el Cielo
- GPSTUDIOS

- 6 ene
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El Día que Venus Tocó el Cielo
Venus era de esas mujeres que no pasan desapercibidas, ni en la calle ni en la pantalla. A sus veintitantos, con la piel oscura que brillaba como ébano pulido bajo las luces del estudio, el cabello corto que enmarcaba su rostro perfecto y un cuerpo curvilíneo que parecía diseñado para provocar suspiros, había encontrado en el mundo de las webcam su lugar en el universo.
No fue fácil al principio. Llegó a la plataforma con ilusión, con ganas de construir algo propio, de ganar su dinero sin depender de nadie. Pero la página donde transmitía —una que todos conocían simplemente como “Cams”— ya no era lo que había sido. Los usuarios escaseaban, las propinas eran mínimas y el tráfico parecía haberse evaporado. Muchas modelos se habían ido, desanimadas. El estudio hablaba en voz baja de problemas financieros, de que la plataforma estaba al borde de la quiebra. “Esto ya no da ni para el pasaje”, decían algunas.
Pero Venus no era de las que se rinden.
Ella llegaba todos los días con la misma energía: se arreglaba con calma, se ponía ese conjunto negro de encaje que le quedaba como segunda piel, se pintaba los labios de un rojo intenso y encendía la cámara con una sonrisa que podía derretir hielo. No transmitía por obligación; transmitía porque le gustaba. Le gustaba sentirse deseada, le gustaba el poder que tenía al mover las caderas lentamente, al mirar directo a la lente como si estuviera mirando a los ojos de cada uno de los que la observaban. Le gustaba el juego: el teasing, el control, el momento exacto en que un silencio en el chat se rompía con un “dios mío” o un “eres perfecta”.
Disfrutaba su trabajo de verdad. No fingía los gemidos, no forzaba las sonrisas. Cuando se tocaba despacio, cuando dejaba que el aceite brillara sobre su piel, cuando se acercaba tanto a la cámara que solo se veían sus labios entreabiertos… todo era real. Y los que entraban a su sala lo sentían. Por eso, aunque la plataforma estuviera muriendo, Venus seguía teniendo su pequeño grupo fiel de admiradores que regresaban una y otra vez.
Una noche cualquiera —una de esas en las que apenas había veinte personas conectadas— Venus decidió hacer algo diferente. Puso música suave, encendió velas, se vistió con un body rojo que apenas cubría lo necesario y empezó a moverse como si estuviera sola en el mundo. Hablaba poco, solo lo justo: una risa baja, un “¿te gusta lo que ves?”, un susurro que prometía más.
El chat estaba tranquilo, como siempre últimamente. Alguien dejó 50 dólares. Otro, 100. Pequeñas muestras de aprecio en una plataforma que ya casi no pagaba sueños.
Entonces apareció él.
Un usuario nuevo, sin avatar, con un nombre simple: “AdmiradorSilencioso”. No escribió nada durante la primera hora. Solo miraba. Venus lo notó, como siempre notaba a los que realmente prestaban atención. Le dedicó una mirada especial, un movimiento más lento, un roce más prolongado. Le gustaba premiar a los que sabían apreciar.
De pronto, el sonido característico de una propina grande llenó la sala.
1.000 dólares.
El chat explotó. “¿Qué pasó?”, “¿Quién es ese?”, “Venus, ¡te volvió loca alguien!”.
Ella se rio, sorprendida, pero no perdió el ritmo. “Gracias, mi amor… me haces sentir muy especial”, dijo con esa voz ronca que volvía locos a muchos.
Siguió el show. Más intenso ahora, con esa adrenalina extra. Se quitó el body poco a poco, dejó que la cámara captara cada centímetro de su piel morena brillando bajo la luz cálida. Se tocaba con calma, disfrutando cada segundo, gimiendo bajito cuando el placer era real.
Y entonces volvió a sonar.
2.000 dólares.
Luego 5.000.
El chat ya no entendía nada. Venus tampoco. Pero no paró. Siguió, más entregada que nunca, como si estuviera bailando solo para él.
Las propinas seguían llegando. 10.000. 15.000. El contador no paraba.
Al final de la transmisión, cuando Venus, agotada, sudorosa y sonriente, se despidió con un beso al lente, el total del día apareció en pantalla.
18 millones de pesos.
Un solo usuario. Un solo día.
Venus se quedó mirando la cifra en silencio. No gritó, no saltó. Solo sonrió, con los ojos brillantes. Porque en ese momento entendió algo poderoso: no importaba que la plataforma estuviera cayendo a pedazos. No importaba que el tráfico fuera mínimo ni que las demás modelos se hubieran rendido.
Cuando una mujer ama lo que hace, cuando se entrega con pasión y autenticidad, cuando disfruta cada segundo frente a la cámara… el dinero llega. Los admiradores de verdad aparecen. Y a veces, solo a veces, uno de ellos decide demostrar, sin palabras, cuánto vale tu fuego.
Venus siguió transmitiendo después de esa noche. No por los 18 millones (que igual le cambiaron la vida), sino porque amaba lo que hacía.
Y eso, al final, es lo que hace la diferencia.
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